Me senté a mirar la lluvia. Caía sobre las plantas, árboles y animales sin discriminar uno de otro. Sin piedad. Sin compasión. Caía con ese chirrido constante e interminable, atacando los nidos y madrigueras. El sol se ocultaba detrás de las nubes grises y el mundo completo parecía perder su color. Algunas zonas se inundaban y los ríos crecían llevándose ferozmente algún tesoro desprevenido a su lado, tomándolo para nunca devolverlo.
¿Era mala? No, no lo era. Las plantas necesitaban de ella para crecer más grandes y floridas. Nosotros también la añorábamos para que renueve las aguas del territorio. Refrescaba llevándose el calor que se acumulaba día a día. Los pequeños se deleitaban jugando bajo su caricia, mientras ella nos arrullaba con su suave ronroneo.
Mi mente divagaba por caminos diversos, algunos rectos y placenteros, otros sinuosos y peligrosos. Recorría anécdotas y conocidos, produciéndome un amplio espectro de emociones, que se alternaban por tomar el control de mi.
Recordé pérdidas, y la lluvia proporcionó el llanto que emanaba de mis profundidades. Recordé a quienes ya no estaban a mi lado, a quienes querían seguir luchando, a quienes la vida no les había sonreído, sino que, al contrario, les había mostrado los colmillos.
Recordé a quienes había perdido solo porque el capricho de las circunstancias así lo había dispuesto. Recordé a esa injusticia accidental, a esas cosas que “simplemente eran así”, y no podían cambiarse.
Decidí tomar otro camino, y recordé a aquellos que alegremente me acompañaron por mucho tiempo, y de manera incondicional. Recordé a quienes me habían otorgado su lealtad sin pedir nada a cambio, y a quienes no dejaban de demostrarme su afecto cada vez que tenían la oportunidad.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro, sin pedir permiso para hacerlo.
Siempre me había preguntado a mi mismo qué razón había para que el fuerte respeto que existía por mi fuese algo tan contagioso. Nunca fui alguien de carácter fuerte o de imponer mis opiniones, pero estas siempre ganaban un peso particular entre todo el resto.
Con ánimos de extinguir mis dudas al respecto, yo siempre preguntaba el por qué de la actitud de todos. Las respuestas eran siempre variadas, pero todas apuntaban a un mismo concepto:
-Tú te lo mereces… eso y más.
-Tú te lo has ganado.
-Vale la pena escucharte.
-Eres uno de los sabios, uno de los pocos que aún existen.
Todas estas respuestas se repetían o mutaban para dar lugar a más nuevas e imaginativas, pero nunca dejaban de ensalzarme o colocarme en un lugar especial del corazón de muchos.
Algunas de estas opiniones hablaban de mis buenas intenciones… de mi como una especie de propagador de la bondad. Yo nunca lo fui, pero siempre hice todo lo posible por serlo. Mi moral era fuerte y mis acciones firmes, y yo desaprobaba de manera directa a las decisiones del odio y de la maldad. Eso muchos lo veían, pero me atribuían por ello una posición mayor a la suya.
¿Sabiduría? No. Yo era un curioso por naturaleza, era un investigador nato… pero ello no me otorgaba la sabiduría en sí, como el mojarse no otorga la limpieza.
¿Objetividad? Algunos me llamaban objetivo. Mi respuesta a eso es que mi actitud podía tomarse como una objetiva… o como una incrédula y carente de confianza. Eran dos aparentes caras de la misma moneda, pero muy en lo profundo yo sabía que no era así. Yo tenía mis propias opiniones formadas, pero la mayoría de las veces las reservaba para el uso privado de mi conciencia personal, y a quienes no formaban parte de un círculo extremadamente íntimo yo solo respondía con los hechos, forzando así a que ellos formaran opiniones propias.
¿Ternura? Ciertamente la más desconcertante de las cualidades que algunos me atribuían. Mi respuesta a ella era una simple negación, pues de verdad no podía imaginar que me otorgaran un adjetivo superficial, pero a la vez tan bello y significativo, lo que lo volvía profundo e intento.
Para alimentar mi sorpresa, y el ego que yo intentaba mitigar, recibía loas de viejos amigos, de nuevos conocidos, de amigos propios, de enemigos ajenos, de enfrentados y aliados, desde conejos a pájaros, desde lobos a panteras, desde gatos a serpientes, desde grandes a pequeños. Y ese signo no implicaba poco para mi, sino que, de modo contrario, me impulsaba fuertemente a ser mejor de lo que era, de ser un ejemplo digno de ser tenido en cuenta, de dejar una huella especial, una herencia propia, un legado al mundo, por más pequeño que fuera. Aportar mi grano de arena al vasto desierto en el que vivíamos.
Desafortunadamente para el mundo, en el desierto no llovía muy seguido… y me gustaba mucho la lluvia.