Me gustaba caminar, siempre me gustó. Disfrutaba del poder moverme libremente de un lado a otro, sin prisa y sin un lugar definido para llegar. El clima me acompañaba siempre, algunas veces felizmente y otras veces de mal humor. A veces agresivo y otras veces mostraba sus lágrimas. Y cuanto más largos eran mis viajes, más facetas suyas yo lograba conocer.
Sin embargo, mis "metas", si es que esa palabra sirve para definir los pequeños falsos objetivos que yo me proponía, no eran siempre alcanzables. Yo reconocía que no era un ser omnipotente y, como todo ser viviente, tenía mis limitaciones.
En uno de esos casos, y el cielo fue mi testigo, me propuse llegar a la cima de una montaña que se veía a varios días de camino. Si bien la larga travesía no era un problema para mí, tenía que tener en consideración lo factible que podría resultar. Pensé que la zona era poblada y por lo tanto podría encontrar comida fácilmente. Pensé que hacía muy poco tiempo había llovido por duración de algunos días, de forma que mi acompañante clima no se portaría mal conmigo. A la vez, mi pelaje me protegería del frío y el viento suave me aliviaría del calor.
Sin pensarlo mucho más, me puse a caminar.
Mi viaje era placentero y tranquilo. El campo silencioso bailaba según el suave capricho de la ventisca y las caricias de la vegetación de la pradera hacían mi caminata una deliciosa melodía del andar.
Pero mi viaje en paz fue interrumpido bruscamente. Sentí que algo me golpeaba con fuerza la cabeza desde arriba y me asusté ante lo que podía ser un grave ataque. No entendía por qué, no entendía cómo, pero fue todo muy repentino lo que cruzó por mi mente. Todo era confusión en medio de un golpe que me atontaba.
A los pocos instantes, y ya pasada la sensación momentánea, me percaté de que lo que me había azotado se había desecho sobre mí, y me había mojado toda la cabeza. Era como un líquido, ni caliente ni frío, y parecía limpio, excepto por el aroma que despedía, apenas perceptible. Había sentido ese aroma antes... pero por más que lo intentaba, no lograba recordar de dónde era.
Sin dudarlo miré hacia arriba, y lejano en el cielo vi cómo un enorme pájaro blanco se alejaba desde arriba de mi cabeza. Obviamente de él había provenido esa suerte de ataque, puesto que sin tenerlo en cuenta, el cielo se encontraba totalmente despejado, mostrando un celeste fuerte y decidido, y los árboles no eran muy cercanos ni entre ellos ni a mí.
Mi corta vista y la fuerte luz del mediodía no me dejaron verlo con claridad... pero sin duda era de alguna especie extraña de pájaro. Lo que primero me sorprendió fue su tamaño. Era ciertamente muy grande, casi como tres o cuatro águilas juntas, y tan blanco como la más blanca de ellas o aún más. A la vez, era el primer pájaro con cola que yo había visto en mi vida. Si bien sabía que existían, no era como ninguno de los que me habían contado. Tras su vuelo veloz y sus enormes y potentes alas, similares a las de un murciélago blanco gigante, se balanceaba una cola recta, flexible como la de los gatos y grande y con forma aconada como la de los reptiles. Una cresta roja brillante recorría su cuerpo, desde su cabeza y terminando en un llameante mechón en la punta de la cola.
¿Sería esta la serpiente alada de la que hablaban algunas leyendas? Mi mente dudaba de su propia sanidad, quizás todo había sido una ilusión, o quizás lo había imaginado a modo de fantasía.
El viento seguía soplando y ahora me secaba. Era real.
La vegetación seguía bajo mis patas y bailando a gusto del viento. Era real.
Mi cabeza seguía chorreando humedad. Era real.
Ese majestuoso pájaro seguía cruzando los cielos. Era real.
Necesitaba conocerlo.
Vi, con suerte para mi, como este pájaro descendía a lo lejos, para entrar rápidamente en una vivienda, alejada de todo. Comencé a caminar hacia allí y acercándome, pude ver que se trataba de una construcción hecha con maderas, en medio de alta vegetación. Fue necesario para mi alzar la cabeza más de una vez para poder ubicar mi camino entre todas las plantas de maíz, que sin miedo se alejaban del suelo con su altura. Lentamente, mientras yo avanzaba dicha construcción se iba acercando a mí y conforme con ello iba creciendo mi curiosidad. No tenía ya problemas en ser descubierto, puesto que la misma vegetación del lugar me servía para esconderme.
- "Otra vez..." - dijo entre sollozos una hermosa voz femenina. - "¿Crees que me merezco eso?"
- "Claro que no." - le respondía una suave voz masculina - "Pero eso es porque no llegan ni a pisarte los talones."
La voz masculina sonaba decidida y cargada de odio. Sonaba molesta y lo expresaba cada tanto con expresiones irónicas, como inculpando a alguien que no se encontraba presente, procurando cuidar a su otro interlocutor de ser ofendido. Muy obviamente, se trataba de dos amigos.
Me asomé para finalmente verlos de cerca. Me encontré con el pájaro, apoyado sobre sus patas traseras y secándose los ojos húmeros con las otras dos, a las cuales estaban adosadas las alas. Era hembra, su forma curva lo denotaba, y también su voz, junto a las proporciones de su cuerpo. Más sorprendentemente, lo que cubría su cuerpo completo no eran plumas, sino pelo en su totalidad. Pelo blanco e inmaculado, que iba desde su cabeza a la punta de la cola.
Acerqué mi cabeza un poco más y vi que, efectivamente, ella no se encontraba sola, sino que había alguien que la acompañaba. Delante suyo se movía nervioso un perro, de cuerpo delgado y atlético, pero para mi sorpresa, el color de su corto pelaje era un verde claro, totalmente vistoso. Según las leyes de la naturaleza, dicho color manifestaba un animal peligroso, pero según los gestos de su rostro, era realmente muy amigable si uno no tenía malas intenciones. Quizá un buen amigo y un buen enemigo a la vez. Tenía una mirada apenas perdida, como si estuviera concentrado en algo, pero también se paseaba en círculos delante del pájaro, respondiendo a sus acotaciones de forma un tanto calculada, y otras desde la impulsividad que la situación le hacía surgir.
Mientras yo analizaba estas características, él me vio asomar la cabeza y paro las orejas atento, interrumpiendo su paseo nervioso, interrumpiendo a su compañera y dirigiéndose a mi con la palabra.
- "¿Qué haces ahí?" - me preguntó.
- "Pensando cómo puedo ayudar." - dije algo altivo, entrando y mostrándome completamente sin miedo ante ellos. Si bien era verdad que me habría gustado poder ayudar en algo, sabía bien que estaba en donde no debía.
- "¿Quién te llamó?" - replicó él, acercándoseme.
Me acerqué un poco para demostrar que el miedo no estaba en mí, ocultando mi nerviosismo, y para darme tiempo a pensar una respuesta. No esperaba hostilidad, y si bien no me habría gustado encontrarla, demostrar temor sería más contraproducente aún. Yo tenía en cuenta que me estaba metiendo donde probablemente no me querían, y en la situación tensa, si yo no estaba a favor, estaba en contra.
- "Una lluvia muy particular." - respondí, mientras pasaba una pata por mi cabeza y mostraba los últimos vestigios de la humedad que en ella quedaba - "Una lluvia tan triste que sólo pocas nubes blancas pueden llorar así."
La miré a ella, quien por su gesto mostró comprender rápidamente lo que me había ocurrido. Pensé en voz alta, mientras sacudía mi pata para terminar de secarla.
- "Yo no había sido atacado, sólo habían compartido su tristeza conmigo."
Ella se acercó a mí con movimientos graciosos y controlados.
- "Te pido disculpas." - me dijo con su dulce voz - "Puedes llamarme Bele. Un gusto conocerte." - terminó de secarse algunas lágrimas y acercó una enorme pata para saludarme. La tomé entre mis dos patas delanteras y delicadamente nos las estrechamos.
- "Caze." - dijo el perro, y se acercó también para otorgarme una pata, que luego estrechamos amistosamente, dejando atrás nuestro pequeño juego de provocaciones.
Suspiré y dirigí una profunda mirada a los ojos de Bele y pregunté con verdadero interés.
- "¿Qué fue lo que pasó, pequeña... ave?" - puse un pequeño énfasis en la última palabra, puesto que a pesar de todo lo que había visto, no me encontraba totalmente seguro de qué cosa era mi interlocutora. El énfasis haría que me corrigieran y me informaran al respecto, de forma que pude hacer dos preguntas en una sola.
- "Dragonesa." - Caze se apresuró a indicar.
- "¿Qué?" - No pude controlar mi reacción. ¿Una dragonesa? Era imposible. Esas criaturas eran solamente leyendas, y cada versión solía tener muchas variantes con las otras. Eran exageradas a través de las generaciones, cada vez más míticas y alejadas de lo real. Eran proezas increíbles, de seres que traían suerte y victoria, o traían devastación y miseria. Contradictorias. Ilógicas. Irreales.
- "Es una dragonesa." - insistió Caze, sin la más mínima señal de humor. Era real.
Por un momento la situación me fue graciosa, a pesar de que no lo demostré. Yo dudaba de la existencia de los dragones y era un perro verde el que me presentaba a la primera dragonesa que había visto en mi vida.
- "¿Y tú qué eres...?" - le pregunté de forma directa.
Bele interrumpió tomando la palabra y desviando el tema de conversación.
- "Nosotros... eh... no somos de aquí."
Su gesto lo indicó todo. No querían dar más detalles al respecto. Muy seguramente yo no había sido ni el primero, ni el segundo, ni el tercero que se los preguntaba, y no era algo que los hacía sentir cómodos. Deduje que, según contaban algunas historias, algunos seres mitológicos como los dragones eran acompañados por otros que pasaban más desapercibidos, pero eran sus guardianes. Tenían forma de animales comunes y algunos hasta podían cambiar de forma, para volverse imperceptibles en ciertas situaciones, de forma de poder cuidar de su protegido de forma más sagaz. Quizás él era su guardián, y tenía sentido... pero ellos no querían hablar de eso. Algún día lo averiguaría.
- "¿Y a qué vinieron por aquí?" - pregunté, mostrándome nuevamente interesado.
Bele se incorporó y tomó aire para comenzar su discurso.
- "Vinimos de una tierra lejana, para visitar a unos seres muy queridos, pero..." - bajó imperceptiblemente la cabeza - "...nos han decepcionado, y quizás ya no tengamos por qué volver, a pesar de que viajamos mucho tiempo para llegar aquí. No era algo que esperábamos, al menos no de ellos."
- "¿Por qué decepcionado?" - pregunté, sin dejar pasar un momento de silencio.
- "Algunos nos han cerrado sus puertas y no han querido recibirnos... otros simplemente nos han dejado solos. Al menos no me siento tan sola, no sé qué haría si Caze no me acompañara y me ayudara a superar mis tristezas, pero..."
- "Pero..." - la interrumpí adelantándome a lo que pudiera decir - "...eso no es todo lo que ha pasado. Veo que ustedes son fuertes y decididos y no es la primera vez que alguien les da la espalda... aquí pasó algo más."
Bele dirigió la mirada a Caze, quién bajó la cabeza para otorgarle la palabra a su compañera.
- "Uno de ellos" - suspiró para darse fuerzas a sí misma - "era muy cercano a mí... pero..." - haciendo una pausa ya no pudo contenerse y comenzó a sollozar nuevamente, aunque tenía intenciones de continuar. Había verdadera tristeza en su hablar, y era obvio que lo que se ocultaba bajo una piel gruesa y un cuerpo grande no era nada más sino un corazón frágil y delicado.
Bajé un poco la cabeza. No podía seguir fingiendo esa posición de ser totalmente independiente. De verdad sentía lástima por su situación, a pesar de desconocer realmente qué ocurría. Podía ver en ellos que no había maldad o siquiera una búsqueda de venganza... pero algo les habían hecho, y ellos sólo lo sufrían. No era justo.
Caze se acercó a ella para darle un poco de contención. Yo sentía que había hecho algo que no debía. Me sentía en parte culpable por lastimarla, aunque en el fondo nunca había sido mi intención. Pero no estaba logrando ayudar.
- "Les pido disculpas." - les dije acercándome lentamente. "No era mi propósito herirlos. Al contrario, siento que no tendrían por qué llorar o sentirse mal."
Ya muy cerca de ellos, tomé coraje con la esperanza de que no fuesen a sentirse amenazados, intimidados o simplemente invadidos, y me abracé a una de las enormes patas de Bele, cerrando los ojos y apoyando mi mejilla sobre ella. No podía hacer mucho más al respecto, ni siquiera aconsejar si es que no tenía más detalles de la situación, pero podía expresar mi apoyo y mis intenciones de maneras más significativas que unas simples palabras.
Ella hizo silencio abruptamente. Quizás se había enojado, y mi gesto la incomodó. Quizás me había pasado de la raya y la había ofendido. Temeroso, levanté mi cabeza y observé lo que me esperaba.
Vi sus grandes ojos mirándome... no llenos de rabia, sino enternecidos. Sin darme tiempo a siquiera actuar por reflejo, con su pata delantera me levantó completo, y sosteniéndome con las dos, me abrazó suspirando e intentando calmarse.
Me volvió a depositar suavemente en el suelo, con un clima ya mucho más distendido. Terminando de secarse las últimas lágrimas con una enorme sonrisa interrumpió la charla que aún no había ni comenzado, pues tenía otra reunión con alguien más... y tenía esperanzas de que esta fuera realmente gratificante. Se despidió de ambos y me pidió que no me fuera antes que ella retornara.
Yo no tenía pensado hacerlo.
En el tiempo en que ella se ausentó pude hablar en profundidad con Caze y rápidamente nos entendimos, a pesar de nuestras diferencias en visiones, opiniones y experiencias. Aún así, yo podía concluir sin mucha dificultad que él era alguien de mucha fuerza de voluntad y constancia, apegado a sus seres queridos, precavido y atento al entorno que lo rodeaba. Era comprensivo y expresivo a veces, o decidido y objetivo en otras. Entre nosotros vimos una similitud muy particular: ambos éramos muy injustos. Y ninguno de los dos pensaba que el ser injusto para ser especialmente misericordiosos con nuestros seres queridos fuera algo malo. Y como tal, no queríamos cambiarlo a pesar de que algunas veces nos significara malos momentos.
Pero no recordábamos los malos tiempos sino las buenas anécdotas, y a la vez de conocernos, terminábamos de tranquilizarnos luego de los malos momentos que habíamos sufrido.
Fácilmente encontraríamos situaciones en las cuales nuestras visiones de los problemas eran distintas, pero eso no detenía nuestra familiarización. Al contrario, eso alimentaba la sabiduría de ambos al conocer e intentar comprender una forma de ser tan distinta, pero bajo las cuales subyacen las mismas intenciones.
No luego de mucha espera, volvió majestuosa Bele en su vuelo, sólo opacado por nuevas lágrimas en sus ojos. Caze rápidamente adoptó su postura de indignación - simplemente no soportaba ver a su amiga traicionada - y yo me preparé mentalmente también para lo que pudiera venir en lo que ella contara. Nos contó lo que le había ocurrido, y esta vez, con más tiempo disponible, todo lo que anteriormente pesaba en ella.
Desde hace mucho tiempo ella mantenía un contacto cercano con el Hombre, miembros de esa especie de bestia bípeda. Estos hombres le habían ofrecido su amistad. Eso había sido producto de mucha alegría en su corazón, y causa de muchos de los viajes que ella con su amigo habían efectuado. Sin embargo, también fue el comienzo del ocaso de su esperanza.
El gran peso dentro de Bele se resumía en las falsas intenciones con ella. El hombre, al igual que mi caso, rara vez había tenido la oportunidad de observar una dragonesa... pero el hombre aprovechó la oportunidad para su propósito personal.
Caze y Bele me contaron, tras largas explicaciones, como el hombre vivía sin buscar su comida, o sin construir su lugar para vivir. Ellos manejaban algo que denominaban "dinero". Este dinero era con lo que los hombres conseguían todo lo que necesitaban... o más aún... todo lo que querían. Eran papeles con dibujos, eran discos de metal, eran piedras brillantes... y por eso cambiaban su territorio, por eso cambiaban su comida.
El hombre buscaba el dinero para volverlo a cambiar por lo que necesitara. A veces lo guardaba y luego lo utilizaba cambiándolo... pero algunos lo coleccionaban y sólo querían tener más. Juntaban todos esos papeles de colores, todos esos discos de metal y todas esas piedras brillantes, para verlas todas juntas y decir que le pertenecían, alegrándose de tener mayor cantidad que otros.
Este cambio se denominaba "pagar" y el hombre podía pagar por casi cualquier cosa. Muchos pagaban por obtener placer, muchos otros pagaban par causar dolor. A veces se daban entre sí el dinero, para dar más posibilidades de vida; a veces se lo quitaban y con él también esas posibilidades.
Y a veces, pagaban por sólo ver cosas. Y a veces pagaban por ver dragonesas. Y a veces pagaban más por tenerlas para ellos.
Por suerte para Bele, nadie había podido capturarla aún, incluso a pesar de los repetitivos intentos que realizaban sus cada vez más escasos amigos y cada vez más numerosos cazadores. Era tentador pensar que su gran tamaño y su fuerza eran una gran ventaja a favor suyo, pero una segunda consideración fácilmente revelaba que los hombres ya habían tenido en cuenta estas características y habían encontrado maneras de hacerse en contra de ellas.
Por esta causa, era preocupante para Caze que ella tuviera esperanzas, porque cada situación era también una oportunidad para que ella nunca regresara. Pero a la vez, él no podía predicarle la desesperación o la desconfianza y menos aún la paranoia.
Quería prevenirla y quería animarla. Quería liberarla de su problema y quería cuidarla. Esa situación desde hace algún tiempo lo tenía muy preocupado y tensionado, y en una difícil decisión en cuanto a la postura que tenía que tener, o en cuento a la opinión que debía emitir. Más aún, en el consejo que debía dar.
No tardamos mucho en llegar a conclusiones, y la tensión también estaba presente en el ambiente.
Ella nos contó de su última experiencia. Este hombre también la había traicionado, pero no había sido solo. Se había aliado con otro, a pesar que no poseían demasiada confianza entre ellos, y el primero le había contado al segundo sobre la existencia de Bele. Este otro hombre no se interesó más que para saciar su curiosidad momentánea, dado que nunca le interesó la cacería o las bestias míticas, pero aún así también resultó mal conservador de secretos, y le contó a otros hombres, primero tres, luego cinco, luego muchos para contar y enumerar. Y ya todos querían tenerla, y que les pagaran por hacer de ella un espectáculo. Ella podía ser una fuente de dinero también.
El encuentro entre ella y este hombre comenzó como privado y muy acogedor. Ella le profesaba una fervorosa confianza, y por tanto no tardó mucho en recuperarse de su episodio anterior. Pasearon juntos un rato mientras simplemente hablaban y se contaban de sus vidas, viajes y preocupaciones, conociéndose y agradándose más, alegres de verse luego de tanto tiempo y tanta distancia.
Ella me lo describió como un hombre bueno y sincero, pero que le había demostrado un aprecio verdadero. Alguien de verdad confiable y por quien, como no lo había hecho en mucho tiempo, había logrado sentir un aprecio especial también.
Pero en su caminata, su atención fue distraída por un susurro, y a pesar de no haberle dado importancia, este se repitió. Pronto su mirada fue atrapada por un hombre que los seguía, respaldado detrás por muchos más, preparados para la lucha por la tenencia de la dragonesa. Lo que peor resultaba, es que los hombres sólo se aliaban entre sí para su captura, pero una vez que ella se encontrara imposibilitada de ofrecer resistencia, serían todos enemigos entre ellos para quedársela y reclamarla como propia.
Ella escapó una vez más, y más triste que nunca, viendo que su amigo hombre no la defendería, sino que sería un captor más, hizo la peor de las confesiones: quería darse por vencida, entregarse a los hombres y no tener que volver a lidiar con ese problema. Preferiría ser un títere suyo y no volver a ser traicionada así.
Caze y yo instantáneamente nos opusimos, con enorme temor de perder esa discusión tan decisiva. Teníamos que demostrar nuestro punto, sostenerlo hasta el extremo o todo para ella estaría perdido definitivamente. No se trataba tanto de los puntos de vista, sino de qué sería de su futuro. Siguiendo adelante, siempre podría arrepentirse y volver. Dejando sus sueños, no había arrepentimiento posible. Era también injusto hacia ella... pero si realmente se decidía y era ese el camino que quería elegir, estaba más allá de nuestras posibilidades, aunque significara perderla para siempre.
Ella insistía. Aseguraba que si los hombres la capturaban, entonces ya no la volverían a buscar, no volverían a engañarla para hacerlo, no volverían a lastimarla... pero sabía que perdería mucho. Se justificaba diciendo que las fuerzas para continuar con sus esperanzas se fueron con la última traición.
Pero Caze y yo sabíamos que en realidad no quería hacer eso, que era producto de los sentimientos del momento, pero que si estuviera pensando en eso seriamente y con mayor calma, no lo haría.
- "No puedes dejar atrás tu libertad, tus sueños, por un capricho que tienen los hombres." - fundamentaba Caze.
- "No, pero me siento cansada de que todos intenten quitármelos. Incluso, con conseguir lo que quieren, dejarán de pelear por ellos y hasta se olvidarán de mí." - respondía ella, cada vez más nerviosa.
- "¿Y volverán a dejarte libre?" - replicaba él.
Ella bajó la cabeza triste, demostrando sinceridad.
- "No lo sé."
- "¡No puedes arriesgarte!"
Ellos continuaron un buen rato, cada vez en voz más alta y con más tensión acompañando la situación. Yo tenía mucho para decir pero no lo hacía, ya Caze se me adelantaba muy ágilmente, usando las mismas ideas con otras palabras.
Viendo que la conversación rondaba sobre los mismos puntos, sin alguna conclusión por ninguno de los lados, interrumpí con una sola palabra.
- "Bueno." - dije, dándoles la espalda y obteniendo su atención - "Entrégate si quieres hacerlo. Respeto tu decisión, pero sólo te voy a pedir una cosa." - Yo sonaba muy decidido y hasta resignado.
Escuché a mis espaldas que Caze retrocedía un poco preparándose a saltar sobre mí, e intentaba mantener su rugido callado, pero yo podía sentir su aliento saliendo de su boca llena de dientes filosos. Y lo comprendía perfectamente, él nunca permitiría que ni yo ni nadie dañe a su amiga, de una manera tan irreparable. Ese momento era crítico, y mis pocas palabras derrumbaban sus largas frases esperanzadoras.
- "Dame tus alas."
Se miraron confusos, y yo me sonreí por dentro, felicitándome, pues había obtenido la atención que necesitaba.
- "Ya que las abandonarás y no las volverás a usar nunca, dámelas. Si de verdad no te importa todo eso, al menos podrás cumplir algunos sueños de muchos pequeños como yo. Tus logros sin mérito, o aquellos que ya no te importan, son inalcanzables para muchos de nosotros. A mí me encantaría volar por lo alto, ser libre en el cielo, juguetear con las nubes, rozar el amanecer, visitar el mundo, alejándome de la tierra, degustar del silencio de la altura..."
Noté en sus rostros, con una rápida mirada, como ella desistía de su decisión, entendiendo que lo peor que podría hacer era abandonar todo lo que ella añoraba, incluso aunque no lo tuviera. Me volteé y la miré a los ojos, y esperaba una mirada triste y arrepentida, pero no la encontré. En su lugar, había una sonrisa de aceptación y de valorización por todo lo que ella podía lograr y podía tener. Había entendido que lo mejor para ella no era lo que ellos querían, sino lo que ella quería.
En nuestras miradas ya sabíamos que se trataba de una suerte de ironía o sarcasmo. Yo decía lo contrario para mostrarle lo peor de una situación que ella no encontraría... continué mi charla ficticia en un intento de ver una sonrisa mayor.
- "...quisiera alejarme del pasto verde y tocar el azul, quiero que las nubes tengan la forma de mi capricho y se amolden a mi viaje, quiero que la maldad me observe desde abajo sin poder alcanzarme, quiero que el sol llegue antes a mí que a nadie más, que el mundo hable de mi a medida que lo sobrevuelo, que--"
Mi discurso fue interrumpido por Caze, que no soportó más mi fingido egoísmo y saltando sobre mi, me tiro al suelo, clavando una de sus garras en mi cuello.
Caze, en la tensión de la situación, no se había detenido a pensar en la extraña estrategia que yo había ideado. No era la más natural, obviamente, y como tal, él decidió acabar con mi egolatría al sacar tantos beneficios personales desde la desesperanza de su amiga.
Bele rápidamente lo detuvo con un grito realmente atronador, a lo cuál él se retiró a un lado y la miró confundido. Ella rápidamente me levantó del suelo observándome de cerca, verificando que no estuviera muy gravemente herido.
Esta vez fui yo quién la abrazó a ella. Quería, aunque no podía lograrlo, rodear todo su cuello con mis pequeñas patas y que ella supiera que me sentía de verdad cómodo a su lado, impulsado también por el susto del momento. Muy suavemente, ella respondió a mi gesto, de forma casi maternal y luego volvió a depositarme en el suelo.
Miré a Caze, en silencio, quien parecía ser herido por mi sola mirada y esperaba, sin oponerse, algún tipo de venganza de mi parte. No era alguien a quién le costara entender estrategias raras o pensamientos complicados... era injusto. Igual que yo.
Me acerqué a él y me percaté de cómo bajaba las orejas en símbolo de sumisión y obediencia. Le abrí mis brazos en señal de amistad y él, cambiando su gesto por el de una ávida sonrisa, me abrazó también.
Mi actitud era nuevamente poco natural, pero ni quería ni me convenía ganarme a ellos como enemigos. No puedo negar que me había dolido en parte el ataque físico, y en parte que no me comprendiera, pero yo tenía en cuenta que cualquiera es propenso a errores de ese tipo. Suelo ser ambiguo en mis formas de actuar y hablar, y no siempre puede leerse fácilmente a través de esas ambigüedades.
Mis abrazos tampoco eran superfluos ni mera excusa de interacción física. A través de ellos yo podía expresar muchas cosas que no eran de ninguna forma, o difícilmente, expresable en palabras. Eran maneras de expresar cariños muy profundos, y en medio de un abrazo, cada movimiento tenía un importante significado.
Caze en su abrazo me pidió perdón, abrazándome fuertemente y bajando la cabeza mientras contenía la respiración y finalizaba con un profundo suspiro. Yo lo abracé más suavemente y froté mis patas delanteras con su espalda en el abrazo. Entendió así que yo no le guardaba rencor, sino que, al contrario, lo comprendía.
Y suavemente también me separé, porque ese abrazo sería también mi despedida. Todos teníamos un camino que seguir, y en mi caso, no era excepcional. También era de mi conveniencia retirarme. Yo disfrutaba de su compañía, pero también había adivinado en los ojos de ambos que la próxima decisión sería volver a sus tierras. Si yo me quedara, tendrían una razón para no hacerlo y la situación no progresaría. Necesitaban un tiempo a solas, y yo estaba otra vez interrumpiéndolos.
Les comuniqué que partiría, pero que algún día me gustaría volver a verlos. Ellos me contaron también debían hacerlo, puesto que desde hace mucho tiempo que no estaban en sus tierras, y por tanto debían volver con prontitud. Que me dijeran eso me tranquilizó ante mi predicción de sus planes, y entonces supe que estarían mejor. Prometieron también que no sería la última vez que me verían, y que a pesar de no estar cerca, tendríamos un vínculo importante.
No era alegre esa despedida, puesto que, aunque rápidamente habíamos logrado una amistad espontánea, queríamos pensar que ese no sería nuestro último encuentro, pero el no tener total certeza cargaba nuestros pensamientos de tristeza.
Sin siquiera pedirlo, Bele volvió a abrazarme, esta vez con mucha fuerza. Ese abrazo tuvo palabras, y sin un sólo sonido, habló muy claro en mí, y me dijo "No quiero irme." Me sentí muy halagado por la confianza y el cariño que habían desarrollado hacia mi, pero también me sentía triste por saber que no podía interferir en sus vidas demasiado, y debía dejarlos ir. Sería egoísta atarlos a mí por una simple amistad, y hasta contraproducente. Intenté besarle una mejilla conmovido y apenas logré hacerlo, ella me dejó en el suelo, se volteó y diciendo un último "Adiós" se retiró por la puerta, agachando la cabeza debido a su gran tamaño.
Caze la siguió y vi, sin moverme de mi lugar, que ella se agazapaba al suelo y él subía a su espalda con mucha habilidad, lo que denotaba que no era la primera vez que viajaban juntos. Tras haberlo hecho, ella majestuosamente desplegó sus grandes alas blancas, y agitándolas, saltó despegándose del suelo para perderse en la altura y la lejanía.
Suspiré. Yo estaba lejos de las montañas... y más lejos aún de tierras amigables. Pero en ese instante no me quise ir de esa vivienda. No quería irme.